El Mundo de Eduardo Rubén
por Orlando Hernández
(poeta, ensayista
y critico de arte cubano)
De niño, me paraba en el
ángulo de la vidriera de una tienda y me pasaba un buen
rato montando bicicleta. No una bicicleta real, desde luego, pero una bicicleta a fin de
cuentas.
La cosa era más o menos
así: pegaba mi pierna derecha a uno de los lados de
aquella esquina fria y transparente y veía aparecer en
el cristal opuesto una segunda y fantasmal pierna derecha
que funcionaba perfectamente como una pierna izquierda
(me encantaría escenificarlo para ser más explícito,
pero ya saben que eso aquí no es posible). A más de
treinta años de aquella experiencia - aparentemente
intranscendente - algunos cuadros de Eduardo Rubén me
hacen montar de nuevo (con alegría, con nostalgia) en
aquel remoto engendro metafísico que ya creía perdido
para siempre. Si cortara imaginariamente por el eje
algunos de estos cuadros descubriría que se trata del
despoblamiento simétrico de una escalera, de una baranda, de un fragmento cualquiera de
arquitectura. Como
si el pintor hubiera colocado un espejo
perpendicularmente al plano de la imagen y convirtiera en
todo lo que era sólo parte, mitad. Ni más ni menos que
lo que le sucedía a mi pierna derecha frente a aquella vidriera. Las situaciones son
distintas, pero el
principio es totalmente idéntico.
Claro que dicho as parece
como si al descubrir el mecanismo oculto de estas obras
se nos revelara a la vez su misterio, y es más bien lo contrario. Es lo que pasa cuando le explican a uno el
inocente principio del calidoscopio o la formación de
los cristales de nieve.
Uno entiende pero no deja
de mravillarse. En este caso puedo entender todo el
proceso constructivo sin llegar a explicarme en qu
consiste su fascinación.
La primera vez que vi los
cuadros "dobles" de Eduardo, pensé que se
trataba de un elogio redundante del mundo, sobre todo del
mundo arquitectónico, por ser Eduardo arquitecto además
de pintor. Que eran también una manera de afianzarse con
las dos manos a esa tabla de salvación que para un
pintor puede representar un tema conocido, cercano, para
no caer (que palabra más drástica) en la pura abstracción, o en aquello que hace unos años
constituía entre nosotros un pecado, el formalismo. Hoy
ese epíteto no encierra ninguna agresión, se puede ser
tranquilamente un formalista, y de una u otra manera
todos los artistas lo son, porque se ha descubierto que
la forma es también algo que significa, que sirve por si misma, sin compañía
alguna, que es un valor autónomo y
al mismo tiempo inseparable de tantos contenidos como
querramos encontrar allí.
No creo que ese mundo
desdoblado, repetido, que el artista presenta tan
minuciosamente en su pintura, pueda ser entendido como un
recurso enfático para hacernos más real lo real. No es
lo real lo que parece preocuparlo.
Su pintura no muestra,
como lo haría una pintura estrictamente realista, o
acaso hiperrealista, las dos caras de una moneda, sino
dos veces la misma cara de la moneda (rara moneda, que es
dos veces virtual: reflejo de un reflejo) y esta
reiteración debe tener algún otro objetivo.
Lo que veo en estos
cuadros es entonces como una falsa pista que trata de
orientarme hacia otra zona, una zona que con seguridad
sólo pudiera hallarse más allá o más acá de lo real.
Siguiendo esa engañosa orientación encuentro
insospechadamente al Oriente. La estructura concéntrica, centrípeta, provocada de alguna manera por las
regularidades geométricas y la bilateralidad de las imágenes, hace que muchas de estas obras que ha pintado
Eduardo funcionen como los mandalas del budismo tántrico. Su arte
ordenado, concentrado, sintético,
trabaja contra el caos y por eso posee la misma cualidad
instrumental de estos diagramas mágicos, aunque no
exista propiamente en sus cuadros nada sagrado o místico (pero ¿qué sabemos acerca de lo que es realmente
sagrado?). Son entonces - al menos para mi - cuadros - mandalas, objetos cuya contemplación nos saca de
nuestras contingencias y nos envía hacia otro sitio.
Poco debe importarnos que ese sitio éste dentro o fuera
de nosotros.
El arte de Eduardo no
propone una fuga del mundo, pero parece poseer esa
función desbanalizadora, desmaterializadora, que a caso
sea más habitual encontrar -dentro del arte- en los
dominios de la música. La música trabaja con lo aéreo,
con lo invisible, y puede colocar directamente sus
imágenes en nuestra mente, en nuestro espíritu, sin
aludir a lo real.
Con mayor éxito que cual
quiera de las restantes artes, la música puede
trasladarnos de golpe fuera de nuestras coordenadas sin
necesidad de mostrarnos este o aquél camino . El hecho
de que la pintura de Eduardo se apoye en representaciones materiales, en imágenes plásticas en este caso tan
pesadas, tan concretas, tan sólidas como pueden serlo o
aparentarlo las de la arquitectura, añaden sin lugar a
dudas más mérito al intento- o a lo que me parece ser
su intento - de esfumar lo real, lo visible, lo físico,
y espiritualizarlo. Hay que escuchar atentamente estos cuadros, descubrir la
musicalidad, el ambiente sonoro que
es capaz de sugerir su pintura, No creo que sea sólo el
silencio de lo inanimado, el silencio de los objetos, de
los espacios, del color, lo que esté allí representado.
Y si lo fuera, sería de todas formas como el silencio de
la música, que es música también. Pero me he desviado
del asunto del desdoblamiento. Pudiera hacer - aunque no
voy a hacerlo - una lista de cosas desdobladas, todas misteriosas, que me recuerda esta
pintura: el Test de
Rorschach, por ejemplo, ¿qué decir de todos los
dobleces - políticos, morales, sentimentales - propios
de la conducta humana que hallarían aquí formulación?
Sería una historia demasiado extensa para intentarla en
estas páginas y la obra de Eduardo es mucho más variada
y compleja que estas historias de desdoblamientos.
Frente a la pintura de
Eduardo, y no sólo frente a sus cuadros
"dobles," reversibles, simétricos, tengo la
sensación de estar al menos en dos sitios, uno habitual, conocido, y otro que acaso sólo he podido visitar en los
sueños, en los paseos de la imaginación, o en la
conteplación de otras obras de arte (pienso, en efecto,
en algunas obras de Cornelius Escher, que ha sido un
pionero en diseñar espacios que engañan cualquier
espectativa visual, pero no es Escher el que me parece
más cercano, sino Arcimboldo, como veremos luego). El
artista rechaza sistemáticamente en su obra la
representación de la figura humana, y evita en general
cualquier alusión a la naturaleza.
No hay en sus cuadros
ninguna referencia local identificable. A pesar de haber
sido tomada, por así decirlo, del natural, fotografiada,
la arquitectura de Eduardo no llega nunca a resultarnos
familiar, ni a recordarnos ningún lugar preciso. Por
ningún sitio una hoja de árbol, una rama, o un pájaro,
y mucho menos uno de esos objetos que el hombre emplea
diariamente para diferenciarse del reino natural: un peine, un zapato, una mesa. Sólo
piedras, metales. No obstante, me resisto a creer que ese ambiente
despoblado, desamparado, sea totalmente "hostil al hombre,"
"demoniaco," como surgiere Antonio Banfi
refiriendose a la naturaleza muerta. Quisiera suponer que
en su pintura el hombre acaba de pasar o aún no ha llegado, pero que en modo alguno es una ausencia
definitiva y terminante. Ante su pintura siento, efectivamente, la impresión de enfrentarme con algo
sobrenatural, fantasmagórico, pero también descubro en
la sinuosidad de una escalera de caracol los rasgos
redondeados de una cadera de mujer, o en la combinación
de unos peldaños y unos barandales, una enorme cabeza faraónica, azteca (¿no era esto acaso lo que hacía
Arcimboldo: combinar sus frutos, sus semillas, sus vegetales, - que son los materiales de la naturaleza
muerta - para formar una cabeza viva, humana?).
El caso es que vivimos
demasiado en el primero y más trivial de los mundos
posibles como para darle verdadera importancia a los otros. Sólo en contadas ocasiones - y ésta parece ser
una de ellas - estos dos mundos se aproximan, se funden,
se hacen uno, para desvanecerse luego y desaparecer. Y
esto sucede ni más ni menos que ante nuestros ojos,
mediante el siempre ejercicio de mirar su pintura.
Creo que es eso lo que
buscan generalmente todos los artistas, hacernos vivir en otro, en varios
mundos, en hallar mediante la pintura en
el caso del pintor, pero también mediante las palabras o
las notas musícales o los gestos del cuerpo o los
sonidos de la voz en el caso de otros artistas, ese otro
territorio que aparentemente nos está vedado, que no nos
pertenece del todo ni siempre sino muy rara vez o por
brevísimos instantes, y en el que sin embargo deseamos detenernos,
vivir. Aunque nos guste el mundo en que vivimos, el arte siempre nos tiene reservado un mundo
alternativo por si cambiamos de opinión.
(Copyright
1996-1999 Orlando Hernández)
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